La trampa del discurso emprendedor, la meritocracia y sus héroes

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En la historia, Hollywood y la maquinaria infernal de propaganda estadounidense cultivaron con éxito el mito del emprendedor: esos muchachos blancos, que se pasean por los campus universitarios, que caminan con desparpajo, inquietos, despeinados y creativos. Iluminados que, por su inteligencia, pero también por su capacidad de atraer a otros, consiguen rápidamente representar a un grupo. Así es como, aburridos de los contenidos impartidos –siempre iguales, siempre repetidos–, abandonan las universidades de elite en las que cursaban y montan el germen de su futura compañía en el garaje de la casa. Como si formaran una banda de rock, conectan computadoras y trabajan duro hasta que finalmente tienen una idea genial que los vuelve millonarios. Es la historia más o menos calcada de figuras internacionales como Steve Jobs, Mark Zuckerberg y Bill Gates. Una vez que alcanzan la cima, ya maduros, comparten los secretos de su éxito ante la atención casi zombi de millones de jóvenes que quieren ser como ellos. ¿La trampa? Si se afila la lupa, solo se trata de casos excepcionales que se presentan como regla cuando no lo son.

“Cuando uno habla de meritocracia se refiere a un sistema de promoción social basado en el mérito. Hay diferentes maneras de comprenderlo, por ejemplo, se puede pensar en una meritocracia con igualdad de oportunidades. Ahora bien, cuando uno analiza el caso de estos milmillonarios se encuentra con personas que participan de espacios en los que se premian los resultados, pero que parten de una situación que no refleja igualdad de oportunidades”, apunta Diego Hurtado, investigador del Conicet que reflexiona sobre estas temáticas. “En este caso, el Estado federal de EEUU recoge supuestamente a los más innovadores y creativos, y los potencia de tal manera que deja sin posibilidad de competencia a cualquier otro competidor que no fue seleccionado”. La estrategia se denomina pick up the winners, esto es, levantar a los ganadores y marcar una distancia con el resto de los actores.

La prédica de los winners, en la actualidad, prende con velocidad en países como Argentina. Una batería de premisas, agrupadas en el discurso emprendedor, circula por las redes sociales y está al alcance de todos los jóvenes. Pueden identificarse fácilmente con frases como: “Solo basta con tener una buena idea e imprimirle esfuerzo para hacerla realidad”; “Alcanza con soñarlo para que comience a suceder”; “Lo más importante para ser millonario es la constancia en el esfuerzo”.

Bill Gates, creador de Microsoft

Desde hace tiempo, Pablo Pineau, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, reflexiona sobre estos discursos subyacentes y brinda algunas pistas en diálogo con Página 12. “Estos personajes recuperan la vieja imagen del autodidacta. Una figura romántica, alguien que se ubica como héroe, que por sí solo logra imponer su voluntad. El tema es que parte de un error grave y es tomar un solo caso como la regla. Es una falacia, por algo conocemos sus historias: porque son poquitas, muy contadas”.

Se trata, como resume Pineau, de sujetos excepcionales que no representan la totalidad. Porque lo que en última instancia no se cuenta es qué sucede con todos aquellos estudiantes que, por diversas razones, dejaron sus estudios en universidades de prestigio como hicieron estos líderes tecnológicos y no se volvieron exitosos. Son historias invisibilizadas, relatos que mejor no contar, procesos de fracaso ejemplo de nada. “Lo que hay que entender es que en toda la historia hubo casos de genios que se salvaron solitos. Se recupera todo el tiempo la idea de aquel que viene de abajo y puede salvarse de golpe. Las salidas rápidas son para casos muy contados, para poquísimos. El mito del que se salvó, del que tiene la posta, estuvo siempre presente, y en la actualidad se asocia al campo de la tecnología, de la informática, de la inteligencia artificial”, sostiene Pineau.

Excepciones no confirman la regla

Bill Gates dejó la Universidad de Harvard cuando cursaba el segundo año de la carrera de Derecho y fundó Microsoft. Su éxito fue meteórico, de hecho, a los 26 años ya se ubicaba como uno de los multimillonarios más jóvenes. En 2007 retornó a dicha institución y fue reconocido con un diploma de honor y un doctorado honoris causa por su desempeño sobresaliente como empresario. El relato del héroe del que habla Pineau se confirma en Gates.

Mark Zuckerberg, fundador de Facebook

Mark Zuckerberg hizo lo propio con un recorrido similar: se había anotado en psicología y en informática, pero a los dos años dejó Harvard para trasladarse a Palo Alto. El fundador de Facebook, ahora Meta, también fue posteriormente distinguido en Harvard con el mismo título recibido por Gates. También fue la historia personal de Steve Jobs, que dejó sus estudios en Reed College para fundar Apple. Elon Musk cursó dos licenciaturas (Economía y Física) en la Universidad de Pensilvania, pero abandonó el doctorado que había iniciado en Stanford. En librerías, se pueden conseguir decenas de biografías que retratan las vidas de estas figuras que hicieron toneladas de dinero gracias a la aplicación práctica de su ingenio.

Un caso contemporáneo es el de Austin Russell. Un joven que, tras obtener una beca de 100 mil dólares, dejó la Universidad de Stanford en donde se formaba y montó su propia empresa, denominada Luminar Technologies, dedicada a fabricar insumos para autos autónomos. En declaraciones en una entrevista que le realizaron en la  CNBC dejó frases como la siguiente: “La universidad no es para todos”. Y amplía: “Es solo una especie de enfoque tradicional en torno a lo que haces y lo que se supone que debes hacer” (…) “Tienes que tener el impulso para hacerlo. Eres directamente responsable de al menos todas las cosas que están bajo tu control, [como] lo que haces, qué hitos cumples y qué tipo de producto finalmente entregas al mundo”. El axioma perdura: si uno se esfuerza lo suficiente consigue todos los objetivos que se propone. Ahora bien, ¿qué sucede con todos los que se esfuerzan y sin embargo no son recompensados?

Steve Jobs, cofundador de Apple

Pineau elabora su reflexión al respecto. “Es cierto, existen otras formas de aprender que no son las preestablecidas. También es cierto que siempre existen sujetos que logran revelarse y plantear otras reglas de juego a las ya impuestas, pero eso no habilita a analizar todas las situaciones con este enfoque”. Y agrega: “También es interesante que aquellos que proponen el aprendizaje por cuenta propia surgen en campos como los tecnológicos. Por ejemplo, no sé cuánta gente iría a un médico si supiera que este aprendió solo, encerrado, con sus libros y viendo videos de YouTube. Tampoco sé a cuántos ingenieros autodidactas le confiarían la construcción de un puente”. En efecto, la idea de que alguien sin formación por los canales institucionales puede ejercer cualquier profesión se pone en tela de juicio, al menos, en determinados campos del saber.

Nadie comienza desde cero

Hay un aspecto adicional que se vincula con advertir el riesgo que ese pensamiento emprendedor tiene cuando se traslada desprovisto de una mínima problematización a países como Argentina. En redes sociales proliferan las invitaciones a “Ganar dinero fácil sin moverse de la casa”; y las recomendaciones del tipo “No hace falta demasiado esfuerzo ni mucho menos ir a la universidad”.

Como si fuera poco, estos discursos penetran en una época en que, a diferencia de lo que sucedía previamente, realizar estudios universitarios no asegura una carrera profesional exitosa ni mucho menos. “El concepto de meritocracia que te venden estos milmillonarios tiene algo de patear la escalera (término acuñado por Ha-Joon Chang), es decir, te venden un concepto que en realidad no funciona. Es mucho más complejo, porque siempre está el Estado apoyando una selección sin igualdad de oportunidades”, subraya Hurtado.

Pineau pone negro sobre blanco y ataca el origen del problema. “Para empezar, pondría en duda el hecho de que (los líderes tecnológicos exitosos) no tuvieron vínculo con la universidad. Que no hayan terminado una carrera no equivale a decir que no tuvieron vínculo. Para decirlo sencillo: no son sujetos formados en una isla sin relación con nada ni nadie. Es cierto, puede que no hayan culminado sus estudios, que no hayan continuado con el camino académico esperado, pero ello no habilita a decir lo contrario. También son el producto de un modelo universitario, de hecho, sus carreras no hubieran prosperado sin la existencia de las universidades”.

Existe, continúa Pineau, toda una gama de conocimientos previos que las instituciones acumulan durante siglos que anteceden a la llegada de estos sujetos. “Si se formaron como autodidactas, lo hicieron a partir de la lectura de un montón de material elaborado por esas universidades. No comenzaron desde la nada. Cuando pusieron el taller en el garaje dieron el último paso que engloba años y años de inversión pública en conocimientos que ese grupo de personas, de alguna forma u otra, adquirieron”.

También valen las preguntas: ¿para qué las personas asisten a las universidades? ¿Solo buscan una buena posición económica a partir del ejercicio de sus futuras profesiones, o bien van en busca de otros objetivos? En definitiva, ¿ser exitoso es tener mucha plata?

¿Todos pueden ser autodidactas?

Otro aspecto adicional que se suele mencionar es que, a partir de las herramientas tecnológicas actuales y de las múltiples opciones que ofrece internet (cursos, videos de YouTube, talleres), cualquier persona puede adquirir una formación adecuada para triunfar en el mercado laboral, sin la necesidad de encerrarse cinco o más años a cursar una carrera universitaria.

Plantean, en definitiva, que ser autodidacta es tarea fácil, cuando en rigor de verdad aprender por cuenta propia no es para cualquiera. La gran mayoría requiere de profesores, orientadores, guías, maestros que les enseñen el camino. En efecto, quizás una de las principales funciones de las instituciones educativas sea esa: ordenar el proceso de aprendizaje según grados de dificultad conforme transcurra el tiempo necesario para la madurez intelectual de los individuos.

Los Estados del mundo realizan una considerable inversión pública orientada a generar las condiciones para estudios de calidad. El conflicto radica en que, en muchos casos, los resultados no se observan de manera inmediata; tanto que al perder el punto de origen a veces pareciera que no existen tales conexiones. Un ejemplo puede hallarse a nivel doméstico con los científicos argentinos. Se forman en sus disciplinas durante 15 o 20 años y luego realizan un aporte fundamental en algún campo del saber. La sociedad se entera de sus éxitos y los valora, pero rara vez se consulta sobre el recorrido que tuvieron que hacer para conseguir esos resultados y se pasa por alto la presencia del Estado que garantizó los trayectos formativos y promocionó las ideas científicas cuando tan solo eran eso, meras ideas.

Como siempre, el mercado halló en la descontextualización la mejor herramienta para para confundir los puntos de origen. Y confundir los puntos de origen no es otra cosa que borrar la historia.

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